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Diciembre 11, 2006

La Princesa "tiene problemas"

Han reducido a la Princesa Anastasia a base de anuncios en Internet con su foto policial. "Tiene problemas", dice el alcalde socialista de Alcudia (Valencia) que presume de haberla capturado con sólo dos fotos viejas. Las exhibe con el orgullo de un pescador de merlín azul. Ha apresado algo inasible: la identidad. La ha convertido en una cosa. Un nombre, un pasado [en este caso, dos hijos, una vida de profesora, un matrimonio roto, una familia angustiada por su desaparición].

Si la identidad es una cosa, un objeto, será de alguien. ¿Nos pertenece, la identidad? ¿Somos sus propietarios o está ahí para que le den caza? ¿De qué está hecha la identidad?

El poder y los otros (o sea, el infierno, que diría Sartre) sostienen que la identidad es una forma de socialización. Somos aquello que proporciona seguridad al Estado. Todo lo que le permite tener la certeza de que no mearemos fuera del tiesto. Una familia, una profesión, un nombre. Lazos que tranquilizan.

Uno puede cambiar de sexo, siempre que deposite la fianza de su nueva identidad en la caja de caudales de la socialización. Para los progresistas, incluso, es un derecho que debe ser sufragado por el Estado. Tiene su lógica. Después de todo, el transexual confía su entera identidad al Leviatán. Lo necesita para ser reconocido socialmente como una nueva mujer o un nuevo hombre. No hay un acto de servidumbre más rastrero que el derecho a la transexualidad. Y no digamos ya, el derecho a la transexualidad subvencionada. El sujeto de ese derecho arde en deseos de decirle al Estado: oh, Altísimo, sólo tú puedes librarme de la losa de mi pasado, sólo tú puedes reconocerme como lo que quiero ser y expedir el DNI de mi auténtica identidad, por ello, yo te confío mi pasado, que será un secretito entre nosotros.

Una vez hecha esta protesta de sumisión, la moral progresista se apresura a echar tierra sobre la antigua identidad y a exaltar la nueva. Un manto de silencio cae entonces sobre el pasado del transexual. Sobre todo, si es un personaje de éxito y comulga con el modelo de socialización progresista.

¿Por qué sería un tabú contra la intimidad, por ejemplo, publicar la foto de Bibi Andersen como rudo "Manolo de Melilla", y en cambio, se exhibe como un trofeo de caza la de "Mari Carmen de Alcudia"? Los titulares periodísticos han jugado a humillarla: "La Princesa Anastasia de Jerusalén se llama Mari Carmen y es de Alcudia". Menuda gracia, la ostentación de poder.

El diario El Mundo convocó una especie de competición a ver quién aireaba antes la identidad oficial de esta mujer. Ganó un alcalde socialista. El partido político del feminismo radical y la paridad no quiere mujeres de identidad incontrolada. El Estado no está preparado para el derecho a la libre identidad individual. El derecho a desaparecer, a ser otro, a prescindir del pasado, a disponer de la propia identidad como a uno le parezca, no figuran en la agenda de la prensa y de la política progresistas. "Tiene problemas", ha sentenciado el alcalde.

Diciembre 7, 2006

Fiasco liberal en La 2

La 2 ha programado esta noche un debate alrededor de la capciosa cuestión: ¿Es la Navidad sinónimo de derroche?. Pregunta-trampa donde las haya. Monumento a la manipulación. Ética para borregos.

Como en aquella adivinanza: ¿De qué color era el caballo blanco de Santiago? Pregunta y respuesta en el mismo embalaje. También habrían podido preguntar: "¿Es la Navidad sinónimo de amor?"; o "¿Es la Navidad sinónimo de felicidad?". Pero no. El prejuicio colectivista se alía con la retórica para infundir apariencia de escepticismo científico. Simulacro de pluralismo, cuando todas las cartas están marcadas.

Un cura pijo-progre despotricando contra el consumo (¿Alguien se fijó en el pedazo de peluco que llevaba puesto el reverendo padre?).

Una escritora infame, o lo que quiera que sea esta señora, Ángeles Caso, cuyas novelas sí que son derroche de papel y brutal inducción al arboricidio. Su El peso de las sombras (finalista del Planeta, 1994) es rigurosamente cierta: todo en ella, incluso las siempre evanescentes sombras, se vuelve pesado como un mal cocido. Vestida y peinada como la perfecta esposa de un diplomático, es de esa clase de millonarios empeñados en salvar al pueblo de las garras del consumismo depredador. Por lo visto, el consumo sólo es responsable cuando llevas pantalones de Givenchy, zapatos de Commes des Garçons y camisa de Hermés con chorreras, y resulta un derroche cuando se democratiza en los probadores de H&M y Zara.

Un tercer ponente del debate ha sido Máximo Pradera, ex presentador de fruslerías y cotilleos en Canal Plus, hoy columnista de esa parida pijo-feministoide que es la revista Yo Dona de El Mundo, y también (y no menos relevante en la formación de sus ocurrencias) hijo del intelectual orgánico del socialismo polanquista Javier Pradera.

Por último, un representante del Instituto Juan de Mariana, el señor Francisco Capella, a quien no tengo el gusto de conocer ni de leer.

En mi opinión, la presencia liberal en este debate, más falso que una promesa de Zapatero, ha sido decepcionante. Y no será porque al señor Capella no se lo pusieran a huevo, con tres demagogos con aversión a la libertad individual como contrincantes, duchos en todas las mentiras de la ideología colectivista y peritos en todas la mañas del pensamiento único para resultar éticamente superiores y políticamente atractivos.

Como diría el adagio popular: así se las ponían a Fernando VII. Una ocasión pintiparada de hacer política liberal, que es a lo que se va a la tele. Porque la tele no es un aula ni una revista académica. La tele es política. Y a la tele se va con el lenguaje político puesto. Una indumentaria tosca y con churretes, ya lo sé, pero es lo que hay, si se quiere convencer a la gente de que no siga comprando ideas equivocadas que conducen a la servidumbre.

Esta diferencia entre academicismo y comunicación política la conocen muy bien los otros tres participantes en el programa de esta noche. De hecho, todos han pasado por la televisión. Saben en qué consiste ponerse delante de una cámara. Consiste, esencialmente, en conferir una intención digna, superior, a las decisiones cotidianas de la gente. Ennoblecer lo vulgar. La gente no gasta por amor a la libertad individual ni por ninguna gilipollez por el estilo, pero hay que aprovechar esa energía torrencial que es el consumo para hacérselo creer. Proporcionar una ficción ética a las incontables motivaciones que conducen a las acciones individuales.

Un político confiere ilusión de nobleza a lo que no la tiene en absoluto. La gente, en conjunto, no es noble. La nobleza es una excepción individual del estado de naturaleza, como la vida lo es de la muerte. Galdós supo describir en sus Episodios Nacionales con cuánta iniquidad se comporta la masa, particularmente la de nuestra historia nacional. Goebbels, en sus diarios, concede a las masas la misma categoría moral que la de un gusano. La política consiste en crear una ilusión de grandeza a lo que no es más que lucha por la supervivencia.

De la misma forma que los anti-liberales juegan con la culpa al condenar el consumo como depredador, y ofrecen una vía de redención en el elitismo intelectual, la religión o la delegación de esferas de libertad en los gobiernos, un político liberal (y el señor Capella estaba en un programa de televisión y, por lo tanto, su causa, la causa de la libertad, exigía que se comunicase como un político) debe proponer una ficción ética alternativa. Porque, mientras se hable a la audiencia como un científico y no como un político, la ficción ética de los colectivistas seguirá arrasando en las urnas y las encuestas.

No hay más que ver el resultado final de la votación de los espectadores del programa: un 91% piensa que, en efecto, la Navidad es sinónimo de derroche; lo cual empujó al señor Capella, al final del programa, a una constatación que sonó, también, a una confesión de impotencia: "Fíjense", vino a decir, "que todos condenan lo que practican". En efecto, señor Capella, ¿y sabe por qué? Porque sus adversarios, los colectivistas, utilizan constantemente (no sólo en este programa, sino en todos los programas de todas las cadenas de televisión) una ficción ética (la culpa seguida de la redención), y usted ha renunciado a ese juego para recurrir a la Ciencia Económica. No deja de ser una actitud elitista, esencialmente anti-liberal.

El caso de este debate televisivo me ha ratificado en una idea que vengo sopesando desde hace algún tiempo: la inutilidad política de los liberales austriacos españoles, su incapacidad para cambiar una sola conciencia, modificar una sola corriente de opinión. Quizá exagero, pero ese 91% de espectadores anti-consumistas ("mientras practican el consumismo", tal y como se dolió el señor Capella) revela que la causa de la libertad no va a avanzar desde las aulas y los foros académicos. Al menos, no en España.

Está muy bien que prospere también ahí, y que haga despertar a las élites universitarias, pero seguimos necesitando políticos y comunicadores liberales para ganar la decisiva batalla de la opinión pública. Y por desgracia, el debate de esta noche en La 2 me ha recordado que en el juego de la popularización de la libertad seguimos perdiendo por goleada (con la excepción de Federico Jiménez Losantos).

"Por medio de la presente..."

Han puesto un vigilante nocturno en el edificio. El martes, el presidente de la Comunidad pegó un anuncio en el corcho del portal: "Por medio de la presente, se comunica a los vecinos..." y todo ese rollo positivista que tanto gusta a los imitadores del poder.

Es curioso observar cómo se aprende a mandar imitando el lenguaje de los que mandan. Lo peor del lenguaje, quiero decir. La quincalla que incomunica e intimida. Kafka comprende como nadie que el castillo está hecho de palabras sin sentido, y que la verdadera angustia es que sólo disponemos de una prosa impersonal y burocrática (el Derecho, la Ciencia, la Política) para entender aquello que nos hace únicos y libres.

Pero, aunque me atrae como tema de estudio, no quiero hablar aquí del lenguaje de las Comunidades de Vecinos y Asociaciones de Padres de Alumnos, vulgarmente emulador para resultar escuálidamente legítimo.

En realidad, lo que me interesa de la historia del nuevo vigilante de mi casa es cómo nos protegemos de los hijos.

En su escrito, el presidente explica a los vecinos que "ante los desagradables incidentes registrados en las zonas comunes de nuestra finca durante los pasados 1 y 2 de diciembre", la Comunidad de Propietarios ha decidido en asamblea, por mayoría, contratar los servicios de una empresa de seguridad privada para las noches de los fines de semana y vísperas de festivo.

Se refiere el edicto a un botellón celebrado el pasado fin de semana en los jardines, soportales y zona de la piscina por hijos adolescentes de algunos propietarios y sus amigos. La verdad es que la cosa degeneró en un festival de vómitos y violencia contra el mobiliario. Algunos bajaron al garage a meterse mano y otras sustancias, forzaron la puerta para que entraran coches de sus amigotes, rasgaron la lona que cubre la piscina en invierno, tiraron botellas y vasos, dejaron el césped echo un asquito de potas, pis, caca, culos y tetas. La verdad es que no me enteré, porque vivo en el ático y tengo buen dormir, pero admito que el panorama al día siguiente era el de un paisaje después de una batalla.

Vale, está claro que algunos vecinos de mi edificio tienen un problema serio de educación en sus casas. La adolescencia ha florecido como las hortigas de Barrabás en sus propias narices. Su prole no sólo practica el botellón, sino que lo quiere a domicilio. A mis vecinos les gusta mucho el lenguaje positivista del poder. Comunicarse con escritos del tipo: "Por medio de la presente..." y todo eso. Les gusta imitar al BOE, porque creen que una prosa adecuada les proporcionará la autoridad que no han sabido cultivar de puertas adentro.

Se me ha ocurrido que mi edificio, lleno de padres pijos y vástagos nihilistas, es una buena metáfora del diálogo intergeneracional que promueven los pedagogos progresistas. Han llegado al punto de tener que que llamar a un segurita para protegerse de sus propios hijos. Eso sí, todo por escrupulosa mayoría y colgado en tiempo y forma del tablón de anuncios.