La 2 ha programado esta noche un debate alrededor de la capciosa cuestión: ¿Es la Navidad sinónimo de derroche?. Pregunta-trampa donde las haya. Monumento a la manipulación. Ética para borregos.
Como en aquella adivinanza: ¿De qué color era el caballo blanco de Santiago? Pregunta y respuesta en el mismo embalaje. También habrían podido preguntar: "¿Es la Navidad sinónimo de amor?"; o "¿Es la Navidad sinónimo de felicidad?". Pero no. El prejuicio colectivista se alía con la retórica para infundir apariencia de escepticismo científico. Simulacro de pluralismo, cuando todas las cartas están marcadas.
Un cura pijo-progre despotricando contra el consumo (¿Alguien se fijó en el pedazo de peluco que llevaba puesto el reverendo padre?).
Una escritora infame, o lo que quiera que sea esta señora, Ángeles Caso, cuyas novelas sí que son derroche de papel y brutal inducción al arboricidio. Su El peso de las sombras (finalista del Planeta, 1994) es rigurosamente cierta: todo en ella, incluso las siempre evanescentes sombras, se vuelve pesado como un mal cocido. Vestida y peinada como la perfecta esposa de un diplomático, es de esa clase de millonarios empeñados en salvar al pueblo de las garras del consumismo depredador. Por lo visto, el consumo sólo es responsable cuando llevas pantalones de Givenchy, zapatos de Commes des Garçons y camisa de Hermés con chorreras, y resulta un derroche cuando se democratiza en los probadores de H&M y Zara.
Un tercer ponente del debate ha sido Máximo Pradera, ex presentador de fruslerías y cotilleos en Canal Plus, hoy columnista de esa parida pijo-feministoide que es la revista Yo Dona de El Mundo, y también (y no menos relevante en la formación de sus ocurrencias) hijo del intelectual orgánico del socialismo polanquista Javier Pradera.
Por último, un representante del Instituto Juan de Mariana, el señor Francisco Capella, a quien no tengo el gusto de conocer ni de leer.
En mi opinión, la presencia liberal en este debate, más falso que una promesa de Zapatero, ha sido decepcionante. Y no será porque al señor Capella no se lo pusieran a huevo, con tres demagogos con aversión a la libertad individual como contrincantes, duchos en todas las mentiras de la ideología colectivista y peritos en todas la mañas del pensamiento único para resultar éticamente superiores y políticamente atractivos.
Como diría el adagio popular: así se las ponían a Fernando VII. Una ocasión pintiparada de hacer política liberal, que es a lo que se va a la tele. Porque la tele no es un aula ni una revista académica. La tele es política. Y a la tele se va con el lenguaje político puesto. Una indumentaria tosca y con churretes, ya lo sé, pero es lo que hay, si se quiere convencer a la gente de que no siga comprando ideas equivocadas que conducen a la servidumbre.
Esta diferencia entre academicismo y comunicación política la conocen muy bien los otros tres participantes en el programa de esta noche. De hecho, todos han pasado por la televisión. Saben en qué consiste ponerse delante de una cámara. Consiste, esencialmente, en conferir una intención digna, superior, a las decisiones cotidianas de la gente. Ennoblecer lo vulgar. La gente no gasta por amor a la libertad individual ni por ninguna gilipollez por el estilo, pero hay que aprovechar esa energía torrencial que es el consumo para hacérselo creer. Proporcionar una ficción ética a las incontables motivaciones que conducen a las acciones individuales.
Un político confiere ilusión de nobleza a lo que no la tiene en absoluto. La gente, en conjunto, no es noble. La nobleza es una excepción individual del estado de naturaleza, como la vida lo es de la muerte. Galdós supo describir en sus Episodios Nacionales con cuánta iniquidad se comporta la masa, particularmente la de nuestra historia nacional. Goebbels, en sus diarios, concede a las masas la misma categoría moral que la de un gusano. La política consiste en crear una ilusión de grandeza a lo que no es más que lucha por la supervivencia.
De la misma forma que los anti-liberales juegan con la culpa al condenar el consumo como depredador, y ofrecen una vía de redención en el elitismo intelectual, la religión o la delegación de esferas de libertad en los gobiernos, un político liberal (y el señor Capella estaba en un programa de televisión y, por lo tanto, su causa, la causa de la libertad, exigía que se comunicase como un político) debe proponer una ficción ética alternativa. Porque, mientras se hable a la audiencia como un científico y no como un político, la ficción ética de los colectivistas seguirá arrasando en las urnas y las encuestas.
No hay más que ver el resultado final de la votación de los espectadores del programa: un 91% piensa que, en efecto, la Navidad es sinónimo de derroche; lo cual empujó al señor Capella, al final del programa, a una constatación que sonó, también, a una confesión de impotencia: "Fíjense", vino a decir, "que todos condenan lo que practican". En efecto, señor Capella, ¿y sabe por qué? Porque sus adversarios, los colectivistas, utilizan constantemente (no sólo en este programa, sino en todos los programas de todas las cadenas de televisión) una ficción ética (la culpa seguida de la redención), y usted ha renunciado a ese juego para recurrir a la Ciencia Económica. No deja de ser una actitud elitista, esencialmente anti-liberal.
El caso de este debate televisivo me ha ratificado en una idea que vengo sopesando desde hace algún tiempo: la inutilidad política de los liberales austriacos españoles, su incapacidad para cambiar una sola conciencia, modificar una sola corriente de opinión. Quizá exagero, pero ese 91% de espectadores anti-consumistas ("mientras practican el consumismo", tal y como se dolió el señor Capella) revela que la causa de la libertad no va a avanzar desde las aulas y los foros académicos. Al menos, no en España.
Está muy bien que prospere también ahí, y que haga despertar a las élites universitarias, pero seguimos necesitando políticos y comunicadores liberales para ganar la decisiva batalla de la opinión pública. Y por desgracia, el debate de esta noche en La 2 me ha recordado que en el juego de la popularización de la libertad seguimos perdiendo por goleada (con la excepción de Federico Jiménez Losantos).