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Septiembre 27, 2006

AL CABALLERO TRISTAM SHANDY (3) / Libertymad contra los liberales puros

Libertymad, ¿qué fue de tu agria polémica con un tal Enrique de Diego II Paleólogo? Llegué tarde a la ópera y tu cabeza ya estaba en el saco de los dioses conspiranoicos, como en la versión de Idomeneo que Hans Neuenfels quería montar en la Ópera de Berlín y han retirado, no vayan a ofenderse nuestros hermanos mahometanos por meter la cabeza del Profeta en el mismo serrín que la de Jesús, Buda y Poseidón (y este pobre, ¿qué hizo para acabar así?).

A ver si me aclaro. En el capítulo anterior, te retan a acudir a una encerrona de radio bajo el noble pretexto de que expreses libremente tus dudas sobre la calidad de los Potitos Rubalcaba, esa marca blanca de la verdad en compotas (tonalidad blanco típex) que tan sanotes, mofletudos y sonrosados tiene a la fiscal Sánchez y al juez Del Olmo, por no mencionar sus propiedades como sustituto del siempre amargo bromuro en el café de Zarzalejos o de la miel en las tortitas de Ekaizer.

Así que te invitan a una especie de careo con una hidra rugiente que te sojuzga por tus insidias sobre la alimentación sana de toda una generación. Tú vas a la hora indicada, te pasan a la sala de despiece y una vez allí, un tribunal de fariseos y parásitos del talento periodístico ajeno, presidido por un magistrado de la tiña profesional, te condena con su propia ley ante los oídos de las tres o dos personas que están escuchando el programa. ¡Porque ésa es otra! No conozco a nadie que decida algo mínimamente serio en el Gobierno, en su empresa, comunidad de vecinos o en su casa y que escuche el programa que citabas para ilustrarse. Si al menos te hubieran invitado a Dolce Vita, a sufrir un linchamiento como Dios manda, con glamour, máxima audiencia y un teléfono de aludidos para llamar en antena y ponerte de vuelta y media....

"Atención, tenemos al señor Pérez Rubalcaba al otro lado de la línea, que pide intervenir por alusiones. ¿Nos escucha, señor ministro?"; "Sí, esto..., Liberty, eres un cerdo hijo de piiiiii....., ¿cómo te atreves a cuestionar que mis papillas tienen sólo ingredientes naturales? Te voy a poner una querella que te vas a enterar, cabronazo (piiiiii.... a destiempo, cosas del directo), como sigas largando voy para allá y te lavo la lengua con tipex..."

Quiero pensar que no te prestaste a la emboscada de Radio Macuto por dignidad artística. Seguro que llegas a ir y te hacen beber un café de máquina en un vaso con publicidad de Radio Taxi, entre sobres de azucar con sentencias de Paulo Coelho como: "Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan".

Con tanta cutredad (periodística y moral), comprendo que prefirieras quedarte viendo el partido del Madrid, disfrutando de una tapa de berberechos, una Mahou cinco estrellas, la voz de Pepe Domingo Castaño gritando como un energúmeno y los amigotes a tu lado, que siempre están cuando los necesitas. Cualquier cosa que hicieses habría tenido más clase, la verdad, que ir a esa tertulia de tristes a que te zurraran. Masoquismo, el justo y necesario. ¿Por qué no invitaron a uno de los especialistas en el sumario del 11-M, como Luis del Pino, Casimiro García-Abadillo o Fernando Múgica?

La realización del programa liberal puede esperar otros dos millones de años, si quienes supuestamente lo propagan son los que hoy se hacen notar en España con la etiqueta de liberales.

De un lado, una generación de vejestorios que no se jubila ni a palos, aunque sus neuronas estén ya hace siglos de crucero del Imserso por el Báltico: clericales, paniaguados y trincones, todo un muestrario de veteranía en el fracaso, como lo demuestra el hecho de que hoy, en no pocos sectores de opinión e influencia de la sociedad, pasen por liberales gente como Rajoy, Ana Pastor, Gallardón y los jóvenes repollos de NN GG y su rayo láser para la foto-depilación ideológica.

Por otro lado, una generación de jóvenes austriacos que piensan y escriben como si tuvieran la edad de L.V. Mises. Creen resolver problemas de hoy con modelos de hace un siglo, lo cual me lleva a preguntarme para qué necesito leer lo que piensa J.R. Rallo sobre la moda o la inmigración, por ejemplo, si con leer La acción humana ya sé cómo funcionará el capitalismo por los siglos de los siglos amén.

Ya he criticado el orden de la industria de la moda formulado por esta corriente, porque está inspirado por la muy liberticida idea de suprimir la diferencia individual, pero es que su reciente análisis del fenómeno de la inmigración me ha dejado una impresión de estafa intelectual aún más acusada, y no puedo evitar denunciar su impostura.

Aristóteles creía que la esencia del arte de la retórica consiste en que tú me convenzas de algo que no sé sin prejuzgar lo que ya sé ni dar por sobreentendido lo que ignoro. Difícil encargo. Por eso cada día llevo peor lo de leer análisis que me informan de lo que ya sé, prejuzgan lo que conozco y me dejan en ascuas en aquello que ignoro.

Un buen ejemplo es este resumen escolar de las causas, consecuencias y soluciones de la inmigración publicado en el suplemento Ideas, de Libertad Digital.

Su diagnóstico es que la inmigración incontrolada obedece a una conspiración de los políticos para acumular más poder y recaudar más impuestos. Y su receta es que, simplemente con derribar aranceles, suprimir la ayuda al tercer mundo y desmantelar el Estado del Bienestar, los negritos dejarán de armar pateras y se dedicarán a coser balones Nike, recolectar plátanos para Chiquita o Dole, regresando cada noche a casa para cenar y ver la CNN junto a su prole. Es lo que tiene la "función empresarial" que tanto mola a los austriacos: que lo mismo te explica el sistema de la moda que te arregla el problema de la inmigración.

El esquema siempre es el mismo: una élite economicista que sustituye a la élite política (nada se nos dice nunca acerca del pequeño detalle de cómo se hará el relevo, si mediante una asonada, una guerra civil, un referéndum, o simplemente porque la casta política se reunirá en un rancho y se inmolará como en Wako; explicar esa clase de contingencias es un esfuerzo demasiado vulgar para los austriacos) y propaga el balsámico mercado a lo largo y ancho de sociedades que lo reciben alborozadas y abren las avenidas para que desfilen triunfales las multinacionales bajo una lluvia de confetis y música de majorettes. ¿Y qué pasa con la democracia, mis jóvenes ancianitos austriacos? ¿Podemos exportar el mercado sin exportar también la libertad política, la libertad religiosa, la libertad de Prensa, la libertad de educación...? ¿Podemos derribar aranceles sin derribar tiranos? ¿Podemos invertir en latifundios agrícolas o en plantas textiles de ropa deportiva sin invertir en escuelas y universidades privadas donde la gente, además de a coser balones, aprenda a decidir por sí misma y a expresarse libremente?

Sí, claro que se puede. De hecho, los liberales puros y no mancillados por la odiosa política de la libertad no defienden otra cosa cuando hablan de promover la libertad comercial con China sin hablar de libertad política con su régimen despótico. Son los mismos liberales de los grandes salones académicos, que odian pringarse las manos por la democracia en Irak o en Afganistán. Rodrigo Rato, Luis de Guindos, José María Lasalle, la gente del Cato y no pocos austriacos del Instituto Juan de Mariana. Su repugnante coartada moral es: ¿por qué gastar recursos y vidas de nuestros soldados en que iraquíes, cubanos o chinos vivan libremente, si podemos conseguir que comercien libremente con nosotros? Refutar la doctrina de la ayuda gubernamental a África y proponer como alternativa la apertura de sus mercados es básico, no hace falta leer a M.F. Rothbard para entenderlo, pero la cobardía moral de esta escuela consiste en que no dejan de hablar de los políticos pero jamás se rebajan a hablar de política, como si el mercado fuera a instalarse por ciencia infusa en las sociedades, sin la mediación de una generación de políticos que tenga el valor y la lucidez de practicar las reformas necesarias.

Siempre hablan de emancipar a los consumidores, las empresas y los empleados subyugados por el estatismo, pero nunca de liberar a los ciudadanos. Por ejemplo, ¿aceptarían que la inversión privada necesaria en África se canalizara también por instituciones educativas (católicas, por ejemplo) para construir escuelas, institutos de formación profesional y universidades, y que esas inversiones se rentabilizaran mediante conciertos educativos con el Estado que cubrieran el previsible déficit de tales actividades empresariales en el corto y medio plazo? Sería interesante conocer la respuesta, para saber de qué nos hablan cuando hablan de liberdad: si la de una élite económica que simplemente reemplazaría a la casta política existente, o de la libertad integral del individuo basada en la ilustración, la diferencia y la decisión; al fin y al cabo, una libertad basada en la Ética.

Septiembre 26, 2006

AL CABALLERO TRISTAM SHANDY (2) / El Sr. Rallo y el Orden de la Moda

Me entretiene la nostalgia de los científicos liberales por el orden. Los observas detenidamente y ves a ingenieros de presas con un cubo y una pala, siempre achicando agua, siempre retocando los boquetes para que la libertad humana tenga al fin un hogar en la ciencia de este mundo. Pudiendo emplear la razón en empresas mayores, como por ejemplo la de entender a Dios, la ponen a fregar suelos y encalar paredes para que el hombre libre tenga un techo y un fuego de leña al caer la noche. Me lo paso bomba. Es superdivertido. Vale, también podría hacer sudokus o comer chocolate, pero qué quieren, me ha dado por ahí. Hay cosas peores. A S. Kierkegaard le daba por observar durante horas una araña colgada de su propio hilo, agitando las patitas en el vacío. Que no, que no, arañita, no hay suelo y no podrás volver a casa esta noche a cuidar de tus hijitos y zamparte una mosca para cenar. Te jodes y empieza a rezar. Oh, Señor de las Arañas, contempla mi ser suspendido en el abismo, observa cómo bracean en la oscuridad mis ocho patas, apíadate del pavor de mis ojos saltones y dime de qué va todo esto, amén.

El interesante ensayo de J.R. Rallo sobre la moda como código de integración social es una buena muestra de que un científico liberal es, ante todo, gente de orden. La tesis es que la peña lleva fatal lo del código extraño, la diferencia, no entender al otro, no saber de qué va y cosas así, y para evitar malos rollos en la cola del super o en la entrevista de trabajo, pues nos vestimos a la moda y todos tan contentos.

"¡Buenos días, Ralph Lauren!"; "¡Hola, Tommy, ¿qué tal tu hermana?"; "Muy bien, ha quedado con Lacoste para echarse un paddle!"; "¡La muy zorra! ¡Oye, a ver si nos vemos un día de estos y cenamos con Burberrys y Faconnable!"; "¡Hecho! Hasta luego, Tommy!"; "¡Hasta luego, Ralph!".

La moda, nos dice Rallo, "es como una tarjeta de presentación en un club social que nos permite evitar un examen de acceso cada vez que queramos entrar en el club". Con ser importante para que no te caigas de espalda ante lo extraño, la moda no lo es todo en la integración, según se nos advierte.

"Sólo sirve para la toma de contacto", pues "el núcleo duro de las relaciones humanas requiere un ejercicio más preciso de la función empresarial; hay que averiguar los gustos concretos de esas personas de manera mucho más detallada a la generalidad que nos ofrece la moda".

Para un liberal de Orden, la moda sería una especie de código de barras o dispositivo GPS mediante el que "la función empresarial" nos tiene localizados las 24 horas del día. Un busca o algo así, por si hay que salir corriendo a comprar a H&M. ¿Y qué hacemos con Bartleby, Sr. Rallo? ¿Dónde demonios lo localizamos? Atención, Sr. Bartleby, Sr. Bartleby, acuda a probadores. Nada, ni rastro. ¡Oh Bartleby, oh humanidad! ¿Qué gilipollez es eso de "preferiría no hacerlo"? Yo creo que habría que purgarlo directamente del Orden liberal, por raro. Siempre achicando agua, ¿recuerda?, ésa es la función esencial de la Ciencia. Una pasadita de tipex a todo lo que se sale, y listo. Así como el Estado chino consideró una desviación burguesa vestir a la manera occidental, la sociedad liberal rechazará la integración de toda apariencia que resulte extraña a la funcionalidad empresarial, por y para la que, según el Sr. Rallo, existe la moda y todo lo demás en el Orden liberal.

El itinerario de la moda iría de las decisiones de consumo de una élite de "líderes naturales" (¡Me lo expliquen! ¿Sugiere, por ventura, que en la naturaleza humana sólo cabe la disyuntiva de ser o seguir a líderes? Ni Heidegger lo habría formulado mejor para mayor gloria del Tercer Reich) a las de una masa que actúa por emulación para identificarse y relacionarse en la base de la pirámide social. El problema de la ciencia liberal (sobre todo, el de algunos economistas liberales) es que sus modelos teóricos no explican, por lo general, el problema de fondo de la libertad, que no es otro que el de hacer ética, política y económicamente viable la diferencia individual. Se limitan a sustituir el poder del Estado por el del capitalismo y justificarlo todo en función de lo que le conviene al mercado. Pero el mercado, siendo un Orden de información plural, y por lo tanto, el Orden más justo, no deja de tender (legítimamente, pero tender, al fin y al cabo) a erradicar, por ineficiente, la diferencia individual, sobre todo si, como parece sugerir el Sr. Rallo, se le asigna nada menos que la facultad de uniformarle de manera más o menos coactiva como requisito para la integración social.

Afortunadamente, la moda no funcionaría como describe el Sr. Rallo en su modelo. No es un sistema de corrección política de la diferencia individual, de su extrañamiento, de su misterio, como nos indica el teórico, sino que su naturaleza es justo la contraria: potenciar la esfinge, consagrarla, elevarla a los altares de la libertad. La moda es extrañamiento, no catalogación. La moda discute a las élites, no las emula. Alexander Mcqueen, Karl Lagerfeld, John Galliano o las modelos anoréxicas no están pensando en ser iconos de nada, sino en ser inimitables, en discutir a Balenciaga, a Yves Saint Laurent, a Chanel o a Linda Evangelista. No están pensando en que tu hermana o tu primo puedan llevar su ropa al afiliarse al Club de Golf, sino en hacer todo lo posible porque sus clientes no se parezcan a quienes van a sitios así, sino a ellos mismos.

De la misma forma que Picasso no pensaba en las postales del Guernica que iba a vender en el MOMA, sino en discutir con Matisse y con Velázquez, los creadores de moda no están ahí para tranquilizar al mercado con individuos previsibles, sino para zarandearlo con conductas y símbolos extraños, para retarlo a que integre la diferencia, no a que la suprima. "La gente hace lo que le da la gana", constata un certero eslogan de la campaña de Aquarius. Exacto. Ahí está la magia, el misterio, la esfinge, la extrañeza,... la moda, en definitiva.

Si ya lo dice la propia definición estadística del concepto de moda, por la que el Sr. Rallo pasa de puntillas: el valor más frecuente que toma una variable aleatoria. Lo fundamental de la definición es esa última palabra, "aleatoria". Es decir, lo extraño, aquello de lo que no conocemos nada, marcando la pauta. Por eso, la moda sólo puede desenvolverse en una sociedad liberal y abierta, porque una sociedad colectivista y autoritaria, sencillamente, suprimiría la diferencia, como parece que pretende la ciencia.

El modelo que propone el Sr. Rallo, en cambio, el de una élite prescriptora, una masa que imita y una "función empresarial" que toma nota de la información y organiza su eficiencia, es perfectamente intercambiable por el de una sociedad colectivista. Recientemente, me he opuesto a que el Estado (en este caso, la Comunidad de Madrid) imponga la talla de las modelos que deben desfilar por Cibeles. No porque crea que las modelos deben ser esqueletos andantes, sino porque creo que el Estado no debe ser el médico omnímodo que pretende ser. La lógica del Estado: como no entiendo a los anoréxicos, como no sé qué diablos quieren, como me producen extrañeza y no sé dónde ubicarlos, como son como Bartleby y me están diciendo todo el rato "preferiría no comer", como me dan mala espina porque no sé por dónde van a salir, pues hala, les impongo un canon de belleza, como hizo el padre de Sidartha, que no dejaba salir a su hijo de la fortaleza para que no viera la miseria humana, lo cual no erradicó la miseria ni impidió que el hijo se escapase de la fortaleza. Me gustaría conocer la opinión de los científicos liberales sobre esta medida.

Resumiendo, que es gerundio: yo creo que la pretensión de acotar la libertad humana en arquetipos científicos llenos de armonía y precisión, como un reloj suizo, es una de las quimeras más simpáticas que existen. En su último ensayo, Nosotros, los modernos, A. Finkielkraut señala que la crisis del arte es que a todo el mundo le ha dado por ser artista, porque alguien antes de esta generación decidió librarse de Dios. Si no existe Dios, cualquiera puede ser Dios. De ahí que todo Cristo se haya puesto a pintar algo, aunque sea la mona. El problema es que la mayoría pinta el mismo simio y, en efecto, lo hace por emulación, pero de vez en cuando surge alguien que le pone alas al chimpancé. ¿Y eso cómo se come? He ahí la cuestión, Sr. Rallo.

Septiembre 20, 2006

CARTAS AL CABALLERO TRISTAM SHANDY (I): Meditación en el vestuario

Me gusta mi gimnasio porque allí elijo todo el rato y los monitores celebran todo el rato mis elecciones egoístas con una vitalidad inmaculada. "He aquí mi cuerpo y mi espíritu, he aquí el fin de la búsqueda" (Ayn Rand).

Me gusta porque soy un héroe que sólo levanta once kilos, que se queda rezagado en las subidas sobrehumanas de la clase de Spinning, cuando explota el piano de Starlight, de Muse, y Virginia, la profesora, señala la cima con tal entusiasmo que te levantas y la acometes más allá de tus fuerzas.

Me gusta porque cada bicicleta, cada polea, cada cinta de carreras, cada mancuerna, cada tracor de estiramientos está hecho a mi medida, su acero se vuelve arcilla que pesa y mide y tiene la forma que yo quiero que tenga. Su rigidez se moldea a mi cuerpo y mi voluntad, sin los que sólo son trastos. No hay Estado, no hay poder interfiriendo entre mi voluntad y el artefacto. Mis brazos hablan con sus pesas el viejo idioma del espíritu y la naturaleza. Mi dolor es su resistencia, su claqueteo metálico es el triunfo de mi voluntad. Me gusta mi gimnasio porque allí comprendo mejor a William Blake: todo eso a lo que llamamos "realidad" ha sido antes una simple imagen.

En mi gimnasio, el lugar de las naturaleza lo ocupan ahora las máquinas, pero el del individuo soberano es insustituible. Sigue ahí, semidesnudo y solo frente al límite tras el cual todo está aún por esculpir: vientres, pectorales, senos, culos, espaldas, piernas, brazos, la límpida mirada de los monitores, tan ajena a la abyección del Estado, porque el ascetismo físico es uno de los reductos de la libertad humana donde el poder coactivo de la sociedad no ha penetrado aún. Incluso la naturaleza se forja a partir de ideales, como demuestran las máquinas de mi gimnasio. Durero nunca vio directamente un rinoceronte, lo que no le impidió grabarlo como una criatura acorazada.

Lo real de mañana será lo que hoy se imagine en el solarium de los cuerpos y las máquinas. Por eso repudio la cruzada inquisitorial contra la delgadez en la Pasarela Cibeles. Porque el Estado quiere entrar también en mi gimnasio a esculpir el tipo de salud que debo tener. Quiere decirme cómo debo someter mi voluntad a la naturaleza, cuál es mi talla de pantalón. Cuidado con dejar entrar al Estado también en nuestros cuerpos. Si me gusta mi gimnasio, es porque, afortunadamente, aún hay cosas importantes que se pueden pagar con dinero. El lujo me hizo ascético y soberano. Prefiero que la verdad tenga un precio en el mercado, un precio al que atenerme, a que el poder me la ofrezca gratis a cambio de sumisión.

Septiembre 12, 2006

Lucía Etxebarría: pásame algo bueno que meterme

Alejandro Gándara equipara el plagio literario al dopaje en el deporte. Ante la reincidencia de Lucía Etxebarría, señala que el sistema presiona a los escritores como hace con los deportistas. Quiere de ellos el éxito, no la excelencia. Y en esas condiciones, dice Gándara, empiezas a meterte lo que sea con tal de llegar. El sistema, ya se sabe, es que es muy mala persona. Todo eso de la libertad, el mercado, el éxito individual, la televisión, acaba echando a perder a los escritores, gente sana donde las haya.

Si una trepa fusila artículos encontrados en google y se forra poniendo su careto en la solapa del libro, el problema no es que sea una delincuente, qué va; el problema, para Gándara, es que el sistema produce caraduras. Así, según esta lógica, cualquiera que tenga éxito en la literatura debe someterse al preceptivo análisis de orina. Algo habrá hecho. Es como cuando descarrrila un tren en Inglaterra: la culpa siempre es de la privatización de los ferrocarriles durante la era Tatcher.

Pero lo cierto es que el odioso sistema te permite elegir qué clase de escritor de éxito quieres ser, si uno que aspira a sentirse recompensado con imaginar un mundo propio y verdadero, como Borges, uno que quiere ser reconocido hoy y no después de muerto, como John Le Carré, o incluso uno que lo que quiere es llegar a no escribir nada, como Samuel Beckett. ¿Puede un ciclista elegir la liga en la que quiere correr? La de la señorita Etxebarría es la liga de los sinvergüenzas y los pícaros, que se disputa en todas las profesiones y tiene su público, sin que ello signifique la decadencia del sistema.

Da la impresión de que el señor Gándara juega en la liga de los artistas puros, cuando lo que de verdad le gustaría es jugar en otra, y como no puede, esparce la sospecha del dopaje en todas las direcciones. Para él, sólo hay dos salidas: o corrupción generalizada, o crear una policía crítica, una especie de supervisores de la limpieza de sangre artística. El caso Etxebarría ha sacado el inspector que lleva dentro. Lo que de verdad le parecería justo y saludable es que el público se dopase con el canon literario suministrado por camellos de confianza.

Gallardón, el número uno...por detrás del uno y del dos

Una cosa y otra cosa suman una sola cosa. La agencia oficialista Efe acaba de resumir una encuesta electoral de Ipsos para Expansión. Según Efe, la encuesta concluye que "Gallardón es el político más valorado entre los votantes del PSOE y del PP". Aquí está la versión de Efe, recogida por El Mundo. El título de la noticia tira para atrás, de puro incongruente. ¿Cómorrl? ¿Electores sociatas y populares unidos en amor y compaña en torno al centrismo y su líder pijo?. No tengo a mano la edición del día de Expansión para comprobar que, en efecto, la encuesta dice eso, pero aunque lo dijese, que ya es decir, resulta que también dice lo contrario, según Efe.

Te vas al último párrafo del despacho de agencia, reproducido por El Mundo, y cuenta lo siguiente:

"Entre los votantes del PP, la popularidad del alcalde de Madrid sube del 65% al 67% y lo sitúa como el tercer político más valorado por estos electores, por detrás del ex presidente del Gobierno y presidente de las FAES, José María Aznar y de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; y por delante del presidente del PP, Mariano Rajoy"

O sea, que Gallardón no es el político más valorado entre los votantes del PP, sino "el tercero", por detrás de Aznar y de Esperanza Aguirre.

Una cosa y otra cosa son la única cosa que a Efe le interesa que sea. Lo sorprendente (o quizá no tanto) es que El Mundo compre esta mercancía trucada, sólo digerible por alumnos de Diversificación de la LOGSE.