Aquí no se tima
El humor contra la ciencia no ha dejado demasiadas muescas que uno pueda llamar letales en la biblioteca moderna. Hay como una inexorable reverencia a la especialización, que desaconseja cualquier broma con sus huestes, por lo general adustas y poco familiarizadas con el código de la ironía. No siempre fue así.
En la antigüedad, poesía, filosofía y ciencia eran lo mismo, y no resultaba infrecuente que, en plena controversia, se parodiaran los textos de otro o se invocasen los mitos ajenos con la intención de despellejarlos.
El conocimiento era, ante todo, memoria de los mitos, erudición oral o textual, y por eso mismo, no bastaba con discutir conceptos. La discrepancia tenía que manifestarse mediante un escarnecimiento ritual de los textos o los relatos del otro. Estaba naciendo la ironía como una de las estrategias retóricas más fecundas de la historia del lenguaje humano.
Hay humor despiadado en Platón contra los presocráticos, como lo hay en Aristóteles, respecto de su “amigo” Platón. De ahí, su célebre apotegma en la Ética a Nicómaco: “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la Verdad”.
No sé qué pasó, pero con la especialización y la multiplicación de saberes, que se desbocan a partir de la Ilustración, los científicos y expertos en cualquier cosa, a diferencia de los filósofos (Nietzsche), renunciaron al sentido del humor, se volvieron huraños y solipsistas, y lo que es peor, empezaron a escribir fatal (con honrosas excepciones, como Roger Penrose e Ilya Prigogine,...). Sobrellevan con muy malas pulgas el sarcasmo, y ante la ironía suelen encogerse de hombros, como un castizo al que un japonés le preguntase por una calle céntrica.
No, no hay mucho donde escoger en la biblioteca, si uno quiere quitarle hierro a lo que analizan o predicen los especialistas de los tiempos modernos, casi siempre en la inopia, sobre esto, sobre aquello o sobre lo de más allá.
Entre las excepciones a este curioso tabú digno de estudio, mis favoritas son Micromegas, de Voltaire; el Tristam Shandy, de Sterne, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, Pálido fuego, de Nabokov, el Bestiario de Borges y La sinagoga de los iconoclastas, de Juan Rodolfo Wilcock.
Ahora, además, celebro a lo grande una nueva incorporación al anaquel, la de Sartor resartus de Thomas Carlyle. Descubrirlo en la edición española de Alba, con traducción de Miguel Temprano García, me ha revelado, además, un eslabón exquisito de una tradición muy querida, la de la literatura dentro de la literatura, libros imaginarios que inspiran libros verdaderos (El Quijote, para entendernos, pero también Tristam Shandy o Pálido Fuego, por saltar sobre las épocas).
Había leído la predilección de Borges por esta novela, la única obra de ficción escrita por Carlyle (1795-1881), historiador de la Revolución Francesa y autor de una obra de referencia sobre el reinado de Federico II de Prusia. Pero hace tiempo que renuncié a abarcar toda la biblioteca del autor de El jardín de los senderos que se bifurcan, un laberinto en el que, a medida que uno se adentra, resulta cada vez más difícil distinguir lo real de lo imaginado, las obras concretas de las pistas falsas, autores de carne y hueso o simples biografías inventadas.
Debería haberle hecho caso antes, me he estado perdiendo una gozada, un tesoro de erudición e ironía, una sátira contra la ciencia especializada escrita por alguien que fue uno de los mayores especialistas de su época.
Sartor resartus cuenta las vicisitudes de la primera edición en Inglaterra de un libro llamado a revolucionar la filosofía moderna, un Tratado sobre el Vestido, escrito por Her Teufelsdröckh (“Estiercoldeldiablo”), eminente filósofo idealista alemán, titular de la “Cátedra de Ciencias de las Cosas en General”, creada ex profeso para él por el ilustrado gobierno local de Weissnichtwo (“Nosesabedónde”), si bien nunca ha llegado a ejercer, por lo que “tan solo se creó la cátedra sin que nadie la ocupara y Teufelsdröckh, recomendado por las más altas esferas, fue promovido a ella de forma meramente nominal”.
Herr Teufelsdröckh atrae la aparente admiración de su editor inglés, que es quien nos cuenta la historia de la traslación del libro y, con ella, la “vida y opiniones” de su autor. Aparentemente (y sólo aparentemente, porque la novela es un prodigio de modulación del punto de vista del narrador, y el lector debe discernir la verdad debajo una fina pero hermética capa de ironía), siente por el sabio alemán el deslumbramiento típico de su época ante la ciencia especializada y especulativa, la “antorcha de la ciencia” que cree poder esclarecerlo todo y no deja “ni la más mínima grieta o rincón” sin tocar con su luz.
La cultura alemana es, para nuestro editor, el foco del que parten los haces de luz que alumbran todos los campos de la acción y del espíritu humanos.
En contraste con el estado de la ciencia en Inglaterra, donde “nuestra grandeza mercantil, y nuestra estimable Constitución, imprimen un sesgo político o de cualquier otro carácter práctico a la cultura”, Alemania, “la erudita, infatigable y profunda Alemania” permanece “en paz en su atalaya científica”, ajena a la convulsión histórica, las revoluciones de la época, “el frenesí de las emancipaciones católicas, y los burgos podridos, y las revueltas de París”.
Sólo en un estado así de la cultura, en el que los sabios no se denigran a mezclarse con la política o las finanzas y sienten “inclinación por ir a cazar gansos en regiones de arándanos y enebros”, donde no les importa exponerse a ser “engullidos por remotas ciénagas turberas”, puede darse una mente como la de Her Teufelsdröckh, abstraída en la escritura de “un volumen muy extenso, muy meditado y de letra muy prieta, de los que, dicho sea con orgullo, sólo se ven en Alemania, tal vez sólo en Weissnichtwo”, sobre la historia y la filosofía del Vestido.
Las vicisitudes de la edición inglesa del misterioso tratado de Herr Teufelsdrockh van alternándose con la exposición de episodios de su vida y milagros, contados por un editor que pasa por ser también su apóstol, pero que, a medida que avanzamos en la lectura, los percibimos como hilos de una cruceta que nos ha movido inexorablemente a la contemplación de un necio delirante, arquetipo del especialista al que se ha confiado el avance del saber científico desde la Ilustración.
En ésas seguimos, 150 años después de Carlyle. No hay más que leer algunas contribuciones al acervo liberal, sin salir de este agregador de blogs, como esa recomendación de no ir a votar el próximo 27 de mayo.
Justo lo que necesita la libertad en estos momentos: otros cuatro años de despotismo y los intelectuales, en su atalaya.
(Atención: esto último es ironía. Como dice el editor inglés de Her Teufelsdröckh, “en una época en la que el bombo y la Charlatanería han alcanzado un desarrollo sin precedentes en los anales de la humanidad, e incluso los editores ingleses, como tenderos chinos, se ven obligados a escribir en sus dinteles: Aquí no se tima, nos ha parecido buena idea dejar esto claro de antemano”)