Cualquiera puede tocar La Flauta Mágica
No es caprichoso que en La flauta mágica de Branagh, felizmente aligerada del lastre masónico del libreto de Schikaneder, todo tienda al vuelo, la elevación, la ingravidez. Un sacerdote apaleado hace una semana en Cuenca, “simplemente por ser cura”, demuestra que la Verdad desarma como una música perfecta.
Desde esa mariposa que sale de una trinchera de la Primera Guerra Mundial, llevando en sus alas la gracia elusiva de la obertura de Mozart, todo lo verdadero se nos aparece volando, flotando o por los tejados.
Tamino no tañe la flauta: la lanza al cielo. Ni siquiera es un príncipe, sino un simple oficial, y, por cierto, no muy inteligente. Nada más anti-masónico que la humildad y la renuncia: somos portadores de la Verdad, no sus intérpretes.
Cuando Pamina y Papageno se ven rodeados por los soldados de Sarastro (sacerdotes de una logia, en el libreto original) en una de las almenas de su castillo (templo de “la naturaleza, la razón y la sabiduría”, para Schikaneder), el simpático pajarero pregunta angustiado a su compañera de fuga: “Y ahora, ¿qué les diremos?”. “La verdad” (“Die warheit”, en el libreto original), responde la encantadora e inocente Pamina. Este diálogo tiene, en la película de Branagh, una importancia de la que carece en la versión original.
Sin traicionar el libreto, el irlandés (¿Católico?) pone el foco en el conflicto entre la verdad y la mentira en tiempos de guerra. No es una guerra cualquiera, sino la primera en la que se usaron armas de destrucción masiva.
La verdad está en la música, y escucharla exige una disposición especial del espíritu, parecida a la de los niños, para desafiar la lógica y la gravedad.
Si todo parece perder peso y elevarse como libélulas traviesas es porque la muerte ata a la tierra, mientras que la verdad libera. Y la verdad siempre elige modos evasivos de manifestarse: la música, la parábola, la imagen.
En La flauta mágica de Branagh, la “iluminación” no llega tanto por las tres pruebas masónicas (rígidas, tasadas) que Tamino y Pamina son obligados a superar, como por la música de Mozart, simbolizada por esa mariposa fugitiva que obliga a la cámara a subir y a subir, persiguiéndola, y la mantiene en las alturas.
Otro requisito de la verdad presente en su vuelo mágico: su escándalo, su desconcierto. Un sacerdote (cuenta este jueves El Mundo) fue apaleado el pasado 2 de abril en Cuenca por dos jóvenes, uno de ellos menor de edad, simplemente por ser cura.
“Aquí sale un cura, vamos a por él”, les dijeron a la Policía, después de ser detenidos.
El Padre Tomás Fernández, de 62, quedó inconsciente en el suelo de un callejón, después de la paliza. Empezaron por arrebatarle el alzacuellos y acabaron pateándole la cara y el resto del cuerpo.
“Tenemos que estar dispuestos a dar el cuerpo por Cristo, ya que él lo hizo por nosotros, y aunque a veces no lo hagamos, cuando llega el momento no tenemos ninguna duda de tomar esta decisión”,
explicó el sacerdote al corresponsal. Imagino la cara del periodista. Su escándalo, su desconcierto.
También le dijo que no presentó ninguna denuncia contra sus brutales agresores y que va a interceder “para que salgan en libertad lo antes posible y puedan encaminar sus vidas con normalidad”.
Al ser preguntado por la razón que cree que les llevó a atacarle, el sacerdote dijo, simplemente: “El demonio está en todas partes”.
Cualquiera puede tocar la flauta mágica. Sólo hace falta alzar un poco los pies del suelo.
Comments
Branagh es de Belfast de familia protestante que marcho a Inglaterra cuando el era todavía un niño. Hasta donde yo se él mismo es protestante.
Posted by: Huber | Abril 13, 2007 9:28 AM