Tres suicidios en Renault, según El País
Tres empleados del centro de Ingeniería de Renault en Guyancourt (París) se han suicidado entre el 20 de octubre y el 16 de febrero pasados. El corresponsal de El País que sugirió en France 5 la clausura de COPE y El Mundo porque son “la mentira institucionalizada” y por su “voluntad de intoxicación sistemática” reporta sobre estas misteriosas desapariciones. Atentos, muchachada.
La “cadena de suicidios” ha dejado “al descubierto un problema de sobrecarga de trabajo”, alerta El País. Renault ha tomado cartas en el asunto, programando un refuerzo del Technocentre de Guyancourt (12.000 empleados) con 110 nuevos técnicos cualificados hasta 2008 y prometiendo mejorar las condiciones de trabajo.
Se apunta el “estrés” de la plantilla por el objetivo de producción marcado por Carlos Ghosn al llegar a la compañía: 26 nuevos modelos hasta 2009. El corresponsal olvida transmitir un dato indispensable para poder verificar el diagnóstico de “estrés” colectivo. ¿Cuándo fijó Ghosn el objetivo de producción? No importa, le puede pasar incluso a El País. Por esta vez, no voy a pedir que lo cierren.
Aquí está el dato, Octavi, y gratis: Ghosn sucedió a Louis Schweitzer como presidente de Renault en abril de 2005, mientras que su Contrato Renault 2009, el primer plan estratégico de la era Ghosn, data de febrero de 2006.
En efecto, establece entre sus objetivos la puesta en circulación de 26 nuevos modelos en tres años, de los cuales 19 serán proyectados en la planta de Guyancourt. Si las matemáticas básicas no mienten, sus 12.000 empleados deben planificar (plano arriba, plano abajo) 6 nuevos modelos de la marca del rombo por año.
¿Estresante? Depende.
Fred Dijoux, dirigente sindical de la Confederación Francesa del Trabajo en la planta de Guyancourt, suspira por los viejos tiempos en los que se producían 3 modelos nuevos cada año, la mitad de lo que el látigo de Ghosn marca ahora como ritmo de galeras.
El presidente, por su parte, juzga su plan como una receta indispensable para la supervivencia de Renault en un sector altamente competitivo. “El replantearse estos objetivos haría peligrar el futuro de la empresa”, remarcó Ghosn el pasado 1 de marzo, durante un homenaje a los tres empleados de la planta de Guyancourt fallecidos.
El País indica que la marca “ha retrocedido del 25% al 22% de cuota en el mercado francés” y que en febrero pasado, sus ventas fueron “un 14% inferiores al mismo mes de 2006”.
¿Qué es más estresante: perseguir la eficiencia o enfrentarse a la destrucción de puestos de trabajo? Por lo demás, ¿de qué información disponemos para concluir que la presión laboral es insoportable en Goyancourt, que fue la causa determinante del suicidio de tres empleados, o incluso de que la coincidencia en un periodo determinado de tiempo de sus fatales decisiones sea estadísticamente relevante?
Casi nada nos cuenta el corresponsal de El País sobre los tres protagonistas de esta desgraciada secuencia de suicidios. Sabemos que tenían 38, 39 y 44 años. Uno de ellos era ingeniero y los otros dos, “técnicos”. Sabemos apenas que uno se tiró de un quinto piso, otro se ahogó en un lago y el tercero, se ahorcó. El bueno de Octavi Martí pasa rápidamente sobre el dato de una carta dejada por uno de ellos, en la que, al parecer, reconoce que se sentía agobiado por el trabajo, pero también que tenía “conflictos familiares”. De los otros dos, ni un solo dato en la información de El País.
Hay que remontarse a una pieza de Le Monde reproducida por El País el pasado 4 de marzo para saber algo más de estas tres personas.
Ahí se nos cuenta que el primero en quitarse la vida fue un ingeniero, el pasado 20 de octubre. Lo hizo tirándose del quinto piso del edificio de Renault en Guyancourt. Tres meses más tarde, en un lago cercano a la planta industrial, se ahogó un técnico de 44 años. Y el pasado 16 de febrero, otro técnico “que iba a ser ascendido a un cargo directivo” se ahorcó en su domicilio dejando la carta citada, en la que aduce “dificultades en el trabajo”, según Le Monde, pero también “conflictos familiares”, según añade, de pasada, Octavi Martí.
Se nos expone, por último, un dato muy interesante. Y es que, en un entorno laboral en el que la Dirección ha establecido el sistema de shared offices (mesas compartidas por turnos de trabajo), algo que para El País es una “causa” de estrés a tener en cuenta, los tres fallecidos eran, precisamente, de los privilegiados con mesa o despacho propio.
¿Es suficiente información para hablar, como hace la Prensa de izquierdas, de una “cadena” de suicidios, es decir, de decisiones personales conectadas entre sí?
Por el conocimiento estadístico, sabemos que no. Según Eurostat, Francia ocupa el segundo lugar de la UE-15 en número de suicidios entre personas de 30 a 59 años, sólo superada por Finlandia y seguida muy de cerca por Bélgica. En Francia, mueren más personas por suicidio que en accidentes de tráfico. Su tasa es de 25,9 suicidios de hombres al año por cada 100.000 y 7,3 mujeres; mientras que la de España, por ejemplo, es de 18,7 entre los hombres y sólo 3, entre las mujeres. Son datos extraídos de la última edición del Key data on health (2002).
Si consideramos que la planta de Renault en Guyancourt es un universo relevante, tendríamos que los tres suicidios representan una tasa de 25 por 100.000 en un periodo de cuatro meses. Ahora bien, no sabemos (porque El País no lo cuenta), si son los primeros casos de suicidio en la historia de la planta o si ha habido otros antes, una información que resulta determinante para dimensionar con precisión los hechos.
Para El País, sin embargo, hay material de sobra como para incoar todo un proceso contra el capitalismo flexible, del que habla Richard Senett en La corrosión del carácter (Anagrama, 2000).
Un psiquiatra, Christophe Dejours, lo tiene claro: la muerte de estos tres empleados es “un fracaso de los sindicatos”, que no han sabido “proteger” a los trabajadores.
Según el doctor Dejours, “la revolución informática liga una persona a un ordenador. La evaluación individual pasa a ser posible, y antes era colectiva. Eso separa a los asalariados, y les lleva a competir entre ellos destruyéndose la noción de trabajar en equipo”.
Sorprendente dictamen científico. El individualismo mata, el colectivismo protege, el trabajo en red aisla. Vulnerables, protegidos o aislados frente a un mismo enemigo: el trabajo en el “nuevo capitalismo”, con sus viejas ambiciones alienantes de siempre.
Richard Senett, en el ensayo citado, concluye que “el nuevo capitalismo es, con frecuencia, un régimen de poder ilegible”.
Los tres casos de suicidio en Guyoncourt desatan toda la aprensión contra el sistema, en las fuentes informativas manejadas por el corresponsal de El País partidario del cierre de medios de comunicación que utilizan el conocimiento racional para vigilar al poder.
Según el sindicato consultado por Octavi Martí, el catálogo de causas de los suicidios comprende la “desregulación de horarios”, apartar a los sindicatos de la toma de decisiones de la empresa, o la individualización fomentada por el desarrollo del trabajo en red.
“La informática acabó con la relación humana”, dice el dirigente sindical Dijoux. “No hablamos con las personas, les mandamos un e-mail. Los jefes te envían mensajes por pantalla y todos debemos ser polivalentes, saber dibujar en el ordenador, ser buenos negociadores y escribir, en inglés a los colegas que trabajan en otros países, y las críticas se hacen delante de todo el mundo”.
En este testimonio hay, condensada, toda una confesión de impotencia ideológica, que es en lo que ha derivado el marxismo pragmático que aún sobrevive en las castas de sindicatos, gremios clasistas y periódicos como El País al derrumbe del marxismo teórico. Su vieja arrogancia científica ha acabado expresándose como una mezcla de senil añoranza del colectivismo y de quejido apocalíptico por el progreso, ciertamente patética.
Véase al marxismo póstumo pidiendo por señas una moratoria de la especialización del trabajo, cuando en la profecía del padre fundador aquélla era sólo un estadio a superar en el parto histórico del Hombre Nuevo. La lucha de clases deja paso a la lucha contra el email privado. El viejo clasismo marxista se vuelve lluvia de bastonazos delirantes y temblorosos contra el individuo.
No sé por qué se han suicidado tres empleados de Renault en Guyancourt, pero de lo que estoy seguro es de que al corresponsal de El País en Francia no le gusta todo lo que nos hace más libres, saber más y vivir mejor.
Comments
H, deberías preguntárselo a los de Dephi pero creo que es más estresante quedarte en la puta calle.
Posted by: framling | Marzo 20, 2007 7:28 AM
¿Qué es más estresante: perseguir la eficiencia o enfrentarse a la destrucción de puestos de trabajo?
Creo que lo ralmente estresante es perseguir la eficiencia y enfrentarse a la destrucción de puestos de trabajo.
Posted by: H. | Marzo 19, 2007 8:27 PM