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Kareen de España

He imaginado que Mariano Rajoy Brey es en realidad Kareen. La Kareen de Goodfellas, de Scorsese. Kareen Nosequé. Quizá Kareen Zimmerman o Karen Yanovsky, porque es judía americana, de buena familia, observadora de las tradiciones, asidua al club de tenis y soltera apetitosa, aunque en estricto recato. He pensado en Rajoy como en una Kareen de España. Y no la de Merimée.

He visto a nuestra Kareen de Pontevedra chuleada de mala manera por ese italo-leonés que encarna Zapatero, el Ray Liotta de este sueño verdadero.

Lo he visto todo claro. Tan claro como que si no es mentira, no me lo creo. Claro como cuando todo se nubla mientras pelas la cebolla. Todo clarísimo de la pantalla para adentro, con estos ojos que se ha de tragar la banda ancha.

He visto la escena de Kareen de España. Ésa en la que su chulo llega una buena mañana al selecto barrio de la chica. Ya sabéis: casas anchas, de una sola planta, dos como mucho, blanquísimas, independientes. Su parcela de césped cortado con cartabón. Sus cochazos aparcados en la rampa entre el jardín y el garaje. La infancia cruzando tan ricamente la calle en bicicletas Chopper. Las madres horneando brownies. Los hoola-hops de colores girando en las cinturas de futuras Kareen.

Un barrio tranquilo como el de Poltergeist, que, como es sabido, estaba construido sobre un cementerio.

Así era España el 11 de marzo de 2004 y a este lugar llega el chulo de Kareen. Como si lo viese. Frenazo de su descapotable tuneado. Se baja, el muy chulazo, camisa abierta, ¿medalla de San Blas contra la faringitis?, pantalones de campana, y va directamente al pijo que le echa los tejos a Kareen. El típico pijo de un barrio provinciano de Occidente como era España en marzo de 2004. Repeinado, rosáceo, sabiondo. Seguro que se llamaba Alejandro Agag. El pueblo español también se llamaba Alejandro Agag por aquella época.

Y como al pijo que le echaba los tejos a Kareen de España, el 11-M le cogió limpiando el coche.

Bueno, pues ahí va nuestro chulo italo-leonés. Paso firme y veloz. Se abre la chaqueta, asoma la culata de un revólver por encima de la bragueta del pantalón marrón de tergal. Lo coge, lo empuña al revés, agarra a Alejandro Agag por los rizos y hace las presentaciones de rigor: "aquí una culata de madera maciza, aquí un tabique nasal". Se ensaña con el tabique nasal de Alejandro Agag. El muy chulo lo deja directamente para el cirujano plástico. Allí tirado, junto al coche y la mangera soltando agua. Todo perdido de sangre. Bye, bye, Alex. Pedazo de gilipollas.

Luego, nuestro chulo se arregla la chaqueta, se ajusta los pantalones para marcar paquete y regresa sobre sus pasos. Ahora se dirige a casa de Kareen de Ponteareces (o como se llame la aldea), que ha contemplado el intercambio de impresiones con Alejandro Agag desde el otro lado de una puerta mosquitera. Sorprendida y sumisa, como una doncella low profile que le tiene pánico al directo, los debates electorales y cualquier lectura que no sea el Marca.

Antes de que llegue su chulo, abre la puerta y sale a su encuentro. Él coge su mano derecha, le pone el revólver suavemente en la palma y le cierra los deditos. Se ve la culata del revolver enchumbada de sangre fresca y las uñas perfectamente cortadas y lacadas de nuestra Kareen de España.

Cualquiera que haya llegado a ese punto sublime que Scorsese cocina a fuego lento como nadie sabe hacerlo, sabe que alguien está a punto de decir algo que marcará a quien lo oiga para toda la vida.

Y es entonces cuando Kareen lo suelta. Uno de esos monólogos que tanto le gustan a Scorsese y que a mí me recuerdan a personajes de Shakespeare, porque en las pelis de mi maestro siempre hay un personaje con un problema de conciencia al que sorprendes en plena comedura de tarro. No falla. Tu ves al padrastro de Hamlet devanándose los sesos porque acaba de verter cicuta en el oido del Rey de Dinamarca y encima, el muy puto, se sienta en el trono y yace en el tálamo con la Reina, la muy zorra, y enseguida te das cuenta de que William lo escribió pensando en una de las pelis de Martin y no en Gwyneth Paltrow.

Así es Kareen de Pontevedra, una tragedia viviente, siempre a punto de meterse en problemas; eso sí, siempre pensando tan lúcida como inútilmente en todo lo que debería haber hecho para evitarlo. Y es en ese instante sublime, con el revólver en guarda y custodia del chulo italo-leonés que acaba de machacarle la cara al pueblo español, cuando Kareen Rajoy pierde la inocencia y suelta para sus adentros el monólogo que vale por toda la historia de España de los dos últimos años:

"Sé que hay mujeres, por ejemplo, mis mejores amigas, que habrían dejado a su novio en el momento en que les hubiera dado un revólver. Pero yo no. Si he de decir la verdad, hasta me puso cachonda".

Lo he visto claro. Tan claro como un manguerazo de colirio en los ojos. A Kareen le va la marcha.

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Comments

Kareen es simplemente un idiota que pasa por inteligente.

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