AL CABALLERO TRISTAM SHANDY (2) / El Sr. Rallo y el Orden de la Moda
Me entretiene la nostalgia de los científicos liberales por el orden. Los observas detenidamente y ves a ingenieros de presas con un cubo y una pala, siempre achicando agua, siempre retocando los boquetes para que la libertad humana tenga al fin un hogar en la ciencia de este mundo. Pudiendo emplear la razón en empresas mayores, como por ejemplo la de entender a Dios, la ponen a fregar suelos y encalar paredes para que el hombre libre tenga un techo y un fuego de leña al caer la noche. Me lo paso bomba. Es superdivertido. Vale, también podría hacer sudokus o comer chocolate, pero qué quieren, me ha dado por ahí. Hay cosas peores. A S. Kierkegaard le daba por observar durante horas una araña colgada de su propio hilo, agitando las patitas en el vacío. Que no, que no, arañita, no hay suelo y no podrás volver a casa esta noche a cuidar de tus hijitos y zamparte una mosca para cenar. Te jodes y empieza a rezar. Oh, Señor de las Arañas, contempla mi ser suspendido en el abismo, observa cómo bracean en la oscuridad mis ocho patas, apíadate del pavor de mis ojos saltones y dime de qué va todo esto, amén.
El interesante ensayo de J.R. Rallo sobre la moda como código de integración social es una buena muestra de que un científico liberal es, ante todo, gente de orden. La tesis es que la peña lleva fatal lo del código extraño, la diferencia, no entender al otro, no saber de qué va y cosas así, y para evitar malos rollos en la cola del super o en la entrevista de trabajo, pues nos vestimos a la moda y todos tan contentos.
"¡Buenos días, Ralph Lauren!"; "¡Hola, Tommy, ¿qué tal tu hermana?"; "Muy bien, ha quedado con Lacoste para echarse un paddle!"; "¡La muy zorra! ¡Oye, a ver si nos vemos un día de estos y cenamos con Burberrys y Faconnable!"; "¡Hecho! Hasta luego, Tommy!"; "¡Hasta luego, Ralph!".
La moda, nos dice Rallo, "es como una tarjeta de presentación en un club social que nos permite evitar un examen de acceso cada vez que queramos entrar en el club". Con ser importante para que no te caigas de espalda ante lo extraño, la moda no lo es todo en la integración, según se nos advierte.
"Sólo sirve para la toma de contacto", pues "el núcleo duro de las relaciones humanas requiere un ejercicio más preciso de la función empresarial; hay que averiguar los gustos concretos de esas personas de manera mucho más detallada a la generalidad que nos ofrece la moda".
Para un liberal de Orden, la moda sería una especie de código de barras o dispositivo GPS mediante el que "la función empresarial" nos tiene localizados las 24 horas del día. Un busca o algo así, por si hay que salir corriendo a comprar a H&M. ¿Y qué hacemos con Bartleby, Sr. Rallo? ¿Dónde demonios lo localizamos? Atención, Sr. Bartleby, Sr. Bartleby, acuda a probadores. Nada, ni rastro. ¡Oh Bartleby, oh humanidad! ¿Qué gilipollez es eso de "preferiría no hacerlo"? Yo creo que habría que purgarlo directamente del Orden liberal, por raro. Siempre achicando agua, ¿recuerda?, ésa es la función esencial de la Ciencia. Una pasadita de tipex a todo lo que se sale, y listo. Así como el Estado chino consideró una desviación burguesa vestir a la manera occidental, la sociedad liberal rechazará la integración de toda apariencia que resulte extraña a la funcionalidad empresarial, por y para la que, según el Sr. Rallo, existe la moda y todo lo demás en el Orden liberal.
El itinerario de la moda iría de las decisiones de consumo de una élite de "líderes naturales" (¡Me lo expliquen! ¿Sugiere, por ventura, que en la naturaleza humana sólo cabe la disyuntiva de ser o seguir a líderes? Ni Heidegger lo habría formulado mejor para mayor gloria del Tercer Reich) a las de una masa que actúa por emulación para identificarse y relacionarse en la base de la pirámide social. El problema de la ciencia liberal (sobre todo, el de algunos economistas liberales) es que sus modelos teóricos no explican, por lo general, el problema de fondo de la libertad, que no es otro que el de hacer ética, política y económicamente viable la diferencia individual. Se limitan a sustituir el poder del Estado por el del capitalismo y justificarlo todo en función de lo que le conviene al mercado. Pero el mercado, siendo un Orden de información plural, y por lo tanto, el Orden más justo, no deja de tender (legítimamente, pero tender, al fin y al cabo) a erradicar, por ineficiente, la diferencia individual, sobre todo si, como parece sugerir el Sr. Rallo, se le asigna nada menos que la facultad de uniformarle de manera más o menos coactiva como requisito para la integración social.
Afortunadamente, la moda no funcionaría como describe el Sr. Rallo en su modelo. No es un sistema de corrección política de la diferencia individual, de su extrañamiento, de su misterio, como nos indica el teórico, sino que su naturaleza es justo la contraria: potenciar la esfinge, consagrarla, elevarla a los altares de la libertad. La moda es extrañamiento, no catalogación. La moda discute a las élites, no las emula. Alexander Mcqueen, Karl Lagerfeld, John Galliano o las modelos anoréxicas no están pensando en ser iconos de nada, sino en ser inimitables, en discutir a Balenciaga, a Yves Saint Laurent, a Chanel o a Linda Evangelista. No están pensando en que tu hermana o tu primo puedan llevar su ropa al afiliarse al Club de Golf, sino en hacer todo lo posible porque sus clientes no se parezcan a quienes van a sitios así, sino a ellos mismos.
De la misma forma que Picasso no pensaba en las postales del Guernica que iba a vender en el MOMA, sino en discutir con Matisse y con Velázquez, los creadores de moda no están ahí para tranquilizar al mercado con individuos previsibles, sino para zarandearlo con conductas y símbolos extraños, para retarlo a que integre la diferencia, no a que la suprima. "La gente hace lo que le da la gana", constata un certero eslogan de la campaña de Aquarius. Exacto. Ahí está la magia, el misterio, la esfinge, la extrañeza,... la moda, en definitiva.
Si ya lo dice la propia definición estadística del concepto de moda, por la que el Sr. Rallo pasa de puntillas: el valor más frecuente que toma una variable aleatoria. Lo fundamental de la definición es esa última palabra, "aleatoria". Es decir, lo extraño, aquello de lo que no conocemos nada, marcando la pauta. Por eso, la moda sólo puede desenvolverse en una sociedad liberal y abierta, porque una sociedad colectivista y autoritaria, sencillamente, suprimiría la diferencia, como parece que pretende la ciencia.
El modelo que propone el Sr. Rallo, en cambio, el de una élite prescriptora, una masa que imita y una "función empresarial" que toma nota de la información y organiza su eficiencia, es perfectamente intercambiable por el de una sociedad colectivista. Recientemente, me he opuesto a que el Estado (en este caso, la Comunidad de Madrid) imponga la talla de las modelos que deben desfilar por Cibeles. No porque crea que las modelos deben ser esqueletos andantes, sino porque creo que el Estado no debe ser el médico omnímodo que pretende ser. La lógica del Estado: como no entiendo a los anoréxicos, como no sé qué diablos quieren, como me producen extrañeza y no sé dónde ubicarlos, como son como Bartleby y me están diciendo todo el rato "preferiría no comer", como me dan mala espina porque no sé por dónde van a salir, pues hala, les impongo un canon de belleza, como hizo el padre de Sidartha, que no dejaba salir a su hijo de la fortaleza para que no viera la miseria humana, lo cual no erradicó la miseria ni impidió que el hijo se escapase de la fortaleza. Me gustaría conocer la opinión de los científicos liberales sobre esta medida.
Resumiendo, que es gerundio: yo creo que la pretensión de acotar la libertad humana en arquetipos científicos llenos de armonía y precisión, como un reloj suizo, es una de las quimeras más simpáticas que existen. En su último ensayo, Nosotros, los modernos, A. Finkielkraut señala que la crisis del arte es que a todo el mundo le ha dado por ser artista, porque alguien antes de esta generación decidió librarse de Dios. Si no existe Dios, cualquiera puede ser Dios. De ahí que todo Cristo se haya puesto a pintar algo, aunque sea la mona. El problema es que la mayoría pinta el mismo simio y, en efecto, lo hace por emulación, pero de vez en cuando surge alguien que le pone alas al chimpancé. ¿Y eso cómo se come? He ahí la cuestión, Sr. Rallo.
Comments
Tanto afán en que no quede ningún resquicio de duda en su maravilloso modelo anarco-capitalista resulta preocupante.
No consiguió que Norberg se manifestara a favor de los ejércitos privados, y mira que lo intentó. Y por tres veces, Norberg le negó.
Pero bueno, que es muy listo y todo eso.
Posted by: Rallada total | Septiembre 27, 2006 8:47 PM
Me temo que a los marxistas se les entiende mejor.
Posted by: Rallada total | Septiembre 27, 2006 8:37 PM
El reloj suizo está roto. A mi el análisis de la moda me parece, personalmente, un ejercicio cabalístico cuando trasciende el mero interés del agente económico y llega a la mesa del economista que abstrae; esto es: es una cuestión tediosa, inútil y algo recalcitrante. La libertad requiere defensa y reconocimiento, no un particular diseño.
Salud y libre comercio
Posted by: Iracundo | Septiembre 26, 2006 8:06 PM
Esta contradicción de los austriacos entre su apuesta por un mundo sin orden y unas leyes rigidísimas en las que todas las respuestas están previstas de antemano y en las que todas las desviaciones son corregidas incluso antes de que ocurran no se le escapó a Michael Oaekshott en Rationalism in Politics. Algo que para muchos de nosotros es evidente, pero que ellos no consiguen ver, o prefieren mirar hacia otro lado. El inglés llegó a afirmar que ellos y los marxistas eran iguales, porque pensaban del mismo modo. Yo estoy bastante de acuerdo.
Posted by: Pandemonio | Septiembre 26, 2006 7:45 PM