CARTAS AL CABALLERO TRISTAM SHANDY (I): Meditación en el vestuario
Me gusta mi gimnasio porque allí elijo todo el rato y los monitores celebran todo el rato mis elecciones egoístas con una vitalidad inmaculada. "He aquí mi cuerpo y mi espíritu, he aquí el fin de la búsqueda" (Ayn Rand).
Me gusta porque soy un héroe que sólo levanta once kilos, que se queda rezagado en las subidas sobrehumanas de la clase de Spinning, cuando explota el piano de Starlight, de Muse, y Virginia, la profesora, señala la cima con tal entusiasmo que te levantas y la acometes más allá de tus fuerzas.
Me gusta porque cada bicicleta, cada polea, cada cinta de carreras, cada mancuerna, cada tracor de estiramientos está hecho a mi medida, su acero se vuelve arcilla que pesa y mide y tiene la forma que yo quiero que tenga. Su rigidez se moldea a mi cuerpo y mi voluntad, sin los que sólo son trastos. No hay Estado, no hay poder interfiriendo entre mi voluntad y el artefacto. Mis brazos hablan con sus pesas el viejo idioma del espíritu y la naturaleza. Mi dolor es su resistencia, su claqueteo metálico es el triunfo de mi voluntad. Me gusta mi gimnasio porque allí comprendo mejor a William Blake: todo eso a lo que llamamos "realidad" ha sido antes una simple imagen.
En mi gimnasio, el lugar de las naturaleza lo ocupan ahora las máquinas, pero el del individuo soberano es insustituible. Sigue ahí, semidesnudo y solo frente al límite tras el cual todo está aún por esculpir: vientres, pectorales, senos, culos, espaldas, piernas, brazos, la límpida mirada de los monitores, tan ajena a la abyección del Estado, porque el ascetismo físico es uno de los reductos de la libertad humana donde el poder coactivo de la sociedad no ha penetrado aún. Incluso la naturaleza se forja a partir de ideales, como demuestran las máquinas de mi gimnasio. Durero nunca vio directamente un rinoceronte, lo que no le impidió grabarlo como una criatura acorazada.
Lo real de mañana será lo que hoy se imagine en el solarium de los cuerpos y las máquinas. Por eso repudio la cruzada inquisitorial contra la delgadez en la Pasarela Cibeles. Porque el Estado quiere entrar también en mi gimnasio a esculpir el tipo de salud que debo tener. Quiere decirme cómo debo someter mi voluntad a la naturaleza, cuál es mi talla de pantalón. Cuidado con dejar entrar al Estado también en nuestros cuerpos. Si me gusta mi gimnasio, es porque, afortunadamente, aún hay cosas importantes que se pueden pagar con dinero. El lujo me hizo ascético y soberano. Prefiero que la verdad tenga un precio en el mercado, un precio al que atenerme, a que el poder me la ofrezca gratis a cambio de sumisión.
Comments
El asunto es mucho más complicado de lo que parece y requiere saber lo que se cuece en el sector. Muchos diseñadores se han quejado de la dictadura de las agencias de modelos elegidas a dedo, que les imponen modelos de talla 32 y 34 que no llenan su ropa. Estas quejas las hacen en privado porque temen represalias de las agencias y de otros diseñadores. Ellos diseñan con una mujer en mente, y luego en el desfile se encuentran con otras. Es un conflicto de intereses -por cierto, ¿te has fijado en que la jefa del cotarro sigue siendo Cuca Solana, que ahora prefiere ser llamada Leonor?- y a menudo un fraude a los clientes, que no pueden hacerse a la idea de lo que van a comprar porque es imposible saber cómo quedan los modelos - son colecciones pret a porter, no haute couture- y si luego se van a vender en sus tiendas.
Muchos diseñadores están encantados, porque podrán mostrar sus vestidos tal y como se los figuraron, no como a un par de señoras , una burócrata y otra con contratos exclusivos del Estado, se les antoja.
Sigue habiendo problema, pero como te digo el asunto no es tan simple como parece. Simancas defiende los intereses de su compañera de partido Cuca-Leonor y los de una agencia que trabaja mucho con el grupo Prisa.
Posted by: Pandemonio | Septiembre 20, 2006 8:13 PM